viernes, 7 de diciembre de 2012

Cuando ya nada importe / Juan Carlos Onetti

6 de Marzo



          Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina. Cómo no comprenderla, si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre.
          Nos consolábamos a veces con comidas a las que buenos amigos nos invitaban, chismes, discuisones sobre Sartre, el estructuralismo y esa broma que las derechas quieren universal, saben pagar bien a sus creyentes y la bautizan posmodernismo. Participábamos, reñíamos y adornábamos con nuestras risas las frases ingeniosas. Aquellas cenas a las que no podíamos aportar ni un sólo peso ofrecían a un posible observador, tal vez a uno de los comensales que pagaban su parte de la cuenta, un aspecto admirable. Porque merecía admiración la astucia con que ella y yo, y sin dejar de reír despreocupados, robábamos pancitos que caían en la cartera de ella o en alguno de mis bolsillos. Así nos asegurábamos un desayuno seco para cuando despertáramos mañana en la cama de la pensión.
            Se fueron acumulando los días casi miserables para triunfar convenciéndola de que yo había nacido para fracasado irremisible.
          La muchacha pasaba todo su tiempo en la cama para ahorrar fuerzas, retener calorías. Tal vez estuviéramos en invierno. Creo, no lo aseguro. Y así: ella acostada y yo caminando, ida y vuerlta, por la avenida buscando tropezar con algún ser muy amigo al que no me humillara pedirle dinero. Y recuerdo que ya no se trataba de conseguir un peso para que comiéramos. Nunca consulté en los períódicos a cuanto estaba la canasta familiar. Pero en  aquellos días el mínimo indispensable había trepado a cinco pesos.
          Pocas veces los conseguía, no por negativas sino por desencuentros. Mis incursiones en la ciudad sólo excluían a los niños. Pocas mujeres encontré.

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